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EL CUERVO BLANCO
Título:
EL CUERVO BLANCO
Subtítulo:
Autor:
VALLEJO, FERNANDO
Editorial:
ALFAGUARA
Año de edición:
2012
Materia
Narrativa Española e Hispanoamericana
ISBN:
978-84-204-0234-5
Páginas:
384
Tipo de edición:
Rústica
Disponibilidad:
Disponible en 7-10 días
18,50 €
Sinopsis

Rufino José Cuervo era un hombre insólito: en el país de los doctores aspirantes a la presidencia ni era doctor ni aspiraba a nada. Por su familia había nacido para el poder, pero lo despreciaba. Aunque no pasó por la universidad y se enseñó solo, llegó a saber lo que nadie de este idioma. Dejó su país para no volver y se fue a Francia donde acometió una obra colosal, el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, la empresa más delirante de la raza hispánica. Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Cortés, Pizarro, don Quijote y otros de su talla, comparados con él son aprendices de desmesura.

Friedrich August Pott, el gran lingüista de su tiempo, en una carta en latín que le escribió desde Alemania lo llamó corvus albus, «el cuervo blanco», aludiendo con la comparación a su apellido y a un ser excepcional entre los de su especie, los del remoto y extraño país de los Andes. El Diccionario se le quedó inconcluso. Molesto tal vez porque un simple mortal en una mísera vida pretendiera abarcar tanto, todo un idioma, Dios no quiso que lo terminara. Quiso en cambio (designios suyos inescrutables) que este hombre puro, generoso y de alma grande entrara en su Gloria. El cuervo blanco incoa y lleva a feliz término su proceso de canonización. A san Rufino José Cuervo se le puede rezar pues con devoción y pedir con confianza.



LEER PRIMER CAPÍTULO
http://www.alfaguara.com/uploads/ficheros/libro/primeras-paginas/201205/primeras-paginas-cuervo-blanco.pdf

El cuervo blanco

""Bajé en la estación del Père-Lachaise, caminé unas calles y entré en la ciudad de los muertos: tumbas y tumbas y tumbas de muertos y muertos y muertos: Joseph Courtial, Victor Meusy, George Visinet, Familia Faucher, Familia Flamant, Familia Morel, Familia Bardin… Y lápidas y lápidas y lápidas, con epitafios infatuados, necios, presumiendo de lo que fueron los que ya no lo son: un administrador de la Compañía de Gas en Saint-Germain-en-Laye; un crítico dramático y musical del Journal de Rouen; el sargento Hoff de una tumba adornada con la estatua de un soldadito de quepis, fusil en una mano y con la otra saludando al cielo. Y músicos y poetas y oradores y políticos y pintores
y novelistas y generales y mariscales… ¡Y los monumentos!

Monumento a los caídos en la guerra de 1870 por Francia. Monumento a los soldados parisienses muertos en el Norte de África por Francia. Monumento a los polacos muertos por Francia. Monumento a los combatientes rusos muertos por Francia. Monumento a los soldados españoles muertos por Francia. Monumento a los jóvenes voluntarios muer-
tos por Francia… ¡Qué país! ¡Cuánta gloria! ¡Qué masacre! Masacre, del francés massacre, que un día fue galicismo en este idioma pero ya no. Todo pasa, todo cambia y el idioma y la moral se relajan.

«Dan de sí», como dicen en México los vendedores de zapatos.Y en las lápidas, bajo los nombres, las fechas entre las que vivieron los que se fueron. Y esta advertencia majadera en las tumbas de los ricos: concession à perpétuité: concesión a perpetuidad. O sea que el muerto es dueño de su tumba por toda la eternidad, de Dios o del Big Bang o de lo que sea. Y los pobres, los del común, los que si hoy comen mañana quién sabe, sin tumba a perpetuidad, ¿esos qué? Se van. Ahora voy por la Avenida Lateral Sur a la altura de la Décima División y el Camino del Padre Eterno, un sendero. Entre los árboles sin hojas del invierno veo un pájaro negro, hermoso. Ah no, «hermoso» es pleonasmo, sobra. Todos los animales son hermosos. Este es un cuervo, un pájaro negro de alma blanca que tiene el don de la palabra, y ahora me está diciendo: «Por allí». Y por donde me dice tomo. Al llegar a la Avenue de la Chapelle otro cuervo me indicó: «Sempre diritto». Seguí derecho como me dijo el animalito, y por la Avenida de Saint-Morys llegué a la Transversal Primera. ¿Y ahora? ¿Por dónde sigo? Ningún cuervo había allí para preguntarle. Giré al azar, a la izquierda, y luego a la derecha, y en ese punto me perdí. Avenue des Étrangers Morts pour la France anunciaba un poste junto a un monumento extravagante, medio ridículo, un dolmen con el piso cubierto de ofrendas de flores: la tumba de Allan Kardec, el «fundador de la filosofía espiritista», según rezaba en la cornisa el esperpento.

Qué bien le fue a este difunto, pensé. Era el muerto más florecido del Père-Lachaise. ¡Claro! Como fue el gran invocador de muertos… Y he aquí que me gritan desde la rama de uno de esos árboles escuetos: «Mais non, mais non, c’est par là, par là! Rebroussez chemin, idiot!». Era un cuervo impaciente que me estaba guiando: «À gauche, à gauche!». Volví sobre mis pasos y rectifiqué el camino. Los cuervos del Père-Lachaise son como los franceses, intransigentes. Pero llegué: desemboqué en la nonagésima división, un laberinto
de tumbas que linda con el columbario.
Desde la alta cruz de piedra de un templete tres cuervos idénticos (pero de personalidades diferentísimas como bien lo sé) me miraban haciéndose los que no. Contaron hasta diez. Entonces el de en medio, una especie de Espíritu Santo
de una trinidad luctuosa, descendió volando y vino a posarse cerca de mí, sobre una tumba que yo solo jamás habría encontrado, perdida como estaba, a ras del suelo, en su humildad, entre tanta jactancia y tanta gloria degaullesque. Caminé hacia la tumba y el corazón me dio un vuelco. Había llegado. Al sentirme llegar el cuervo alzó el vuelo y volvió a su cruz, sin mirarme. Entonces recordé el del poema de Poe que decía «Nunca más».

Era una pobre tumba cubierta de musgo. Con la punta del paraguas me di a rasparlo y fue apareciendo una cruz trazada sobre el cemento, y bajo su brazo horizontal, al lado izquierdo: «Ángel… Cuervo… né… Bogotá…». ¿El qué? El 7 tal vez, no se alcanzaba a leer. «…de marzo de 1838… mort… París…». ¿El 24? Tampoco se alcanzaba a leer. «…de abril de…». Faltaba el año, lo había borrado el tiempo. Pero yo lo sé: 1896, el mismo en que se mató Silva el poeta, y por los mismos días, pero en Bogotá, de un tiro en el corazón. Y nada más, sin epitafio ni palabrería vana, en una mezcla torpe de francés con español. Seguí raspando. Entonces, a la derecha, bajo el brazo vertical de la cruz, fuiste apareciendo tú: «Rufino… José… Cuervo… nacido en Bogotá… el 19 de septiembre de 1844… muerto en Paris… el 17 de julio de 1911». En el paisaje desolado de los árboles sin hojas del invierno y en tanto empezaba a caer la noche sobre el Père-Lachaise que ya iban a cerrar los guardianes,
el inmenso Vacío de arriba vio a un pobre hombre arrodillado ante una pobre tumba. ¿Rezando? ¡Qué va, yo nunca rezo! Estaba anotando simplemente con un bolígrafo y en un papelito que saqué de la billetera algo que vi escrito en el frente de la tumba: «105 – 1896». ¿Ciento cinco qué es? ¿Acaso el número de la tumba de esa línea de esa división? ¿Y 1896 el año en que Rufino José la compró para enterrar ahí a su hermano?..""